“Nunca hablábamos del fundador o de Escrivá; era el Padre”

Fue de los primeros uruguayos en conocer el Opus Dei, allá por 1957. Cuando en 1974 vio personalmente por primera vez a San Josemaría, se dio cuenta que ya lo conocía. Es que habían sido muchas las horas pasadas en la residencia Iará asimilando el espíritu del Opus Dei que procuraban transmitir quienes iniciaron en el país la labor de la Obra

Opus Dei - “Nunca hablábamos del fundador o de Escrivá; era el Padre”

  Mi encuentro con la Obra fue puramente casual. Luego de vivir varios años en tierras chilenas emprendí el regreso a mi Uruguay natal. Era el año 1957 y los viajes en avión eran tan poco usuales como baratos. No recuerdo bien la combinación de ómnibus, pero sí recuerdo que al llegar a Buenos Aires debía comprar boletos para emprender el último tramo de mi viaje hacia Montevideo. Eran muchas las personas con la misma intención y la fila de espera era larga.

Entre todos los que esperábamos me llamaron la atención dos sacerdotes jóvenes que aguardaban por sus boletos hacia Montevideo justo detrás de mí. Los saludé presentándome y nos pusimos a conversar para mitigar la espera. Los nombres de los sacerdotes eran Gonzalo Bueno y Agustín Falceto. Estaban prácticamente recién llegados de España. Era un día muy caluroso, típico del verano en Buenos Aires. Luego de adquirir nuestros pasajes los invité a tomar unos refrescos. No recuerdo qué charlamos pero tengo grabado que uno de los sacerdotes me pidió el número de teléfono para contactarnos en Montevideo.

Ya de regreso conocí la casa en donde vivían aquellos sacerdotes, la residencia Iará. Era una casa buena aunque muy poco amueblada. Recuerdo un juego de living con unos sillones de tonalidad morada, algunas pocas sillas y una gran mesa en una de las habitaciones que, con mucha generosidad, se denominaba “sala de estudio”. 

El calefactor volavía a la sala de estudio... Era un ida y vuelta que reflejaba la falta de medios materiales (...) y el cariño familiar (...) en aquel primer centro de la Obra

Aquel año debía estudiar para la revalida que me habilitara el ingreso a la Universidad y fueron muchas horas las que pasé en esa gran mesa. Al principio era el único que frecuentaba la sala de estudio pero con el tiempo se fueron sumando más muchachos.

Recuerdo que en pleno invierno la casa entera se transformaba en una heladera y la sala de estudio no era la excepción. Para combatir el frío el Padre Gonzalo me arrimaba un pequeño calefactor que funcionaba con un ventilador. Lo tenía un tiempo y luego se los devolvía a los sacerdotes pues aquel artefacto de calor era el único que tenían en la residencia. Se ve que el Padre Gonzalo y el Padre Agustín razonaban como yo y el calefactor volvía a la sala de estudio. Era un ida y vuelta que reflejaba la falta de medios materiales de aquella época y el cariño familiar que uno encontraba apenas pisaba aquel primer centro de la obra en Uruguay.

Junto con el padre Gonzalo y el padre Agustín vivía Jesús Arellano. Era químico de profesión y trabajaba muchas horas al día, motivo por el cual coincidíamos muy poco cuando yo iba a Iará. Años más tarde vino desde España Juan Pablo Bueno. Era un muchacho de unos 18 años y venía a estudiar derecho en la Universidad de la República. Luego de la llegada de Juan Pablo se empezaron a organizar en Iará unas charlas para universitarios los sábados de tarde, que en general las daba el Padre Gonzalo.

Al principio éramos pocos los asistentes pero, a medida que pasaban las semanas, cada vez vino más gente. Recuerdo que en varias ocasiones no entramos todos en el oratorio y muchos tuvimos que escuchar la charla desde el pasillo.

Yo iba a estudiar por las mañanas y muchas veces llegaba un poco más temprano para asistir a la Santa Misa en la capilla. La capilla, u oratorio –como le llamábamos- era sencilla pero bien puesta, con un retablo de la Virgen que había confeccionado Boris Gurevich. Recuerdo que ayudé al padre Gonzalo y al padre Agustín a colocar el retablo en su lugar y aquel día nos pasamos un buen tiempo trabajando en el acondicionamiento del oratorio.

En estas anécdotas quedaba patente el cariño que le tenían al Fundador. Ese cariño me lo transmitieron casi por ósmosis, porque se veía en todos los detalles

De este modo, ayudando en los detalles materiales de la residencia, estudiando fuerte en la sala de estudio y conversando con cierta regularidad con los que vivían en la casa fui conociendo cada vez más el espíritu del Opus Dei y la personalidad de San Josemaría.

En las conversaciones me hablaban de Josemaría Escrivá como del Padre. Me contaba con un entusiasmo visible como era que vivían en Roma junto a él muchos jóvenes, que se preparaban para el sacerdocio y para expandir este nuevo espíritu del Opus Dei por todos los países del mundo.

Me explicaban como a pesar de no contar con medios económicos se iba construyendo lo que actualmente es Villa Tevere, sede central del Opus Dei. En estas anécdotas quedaba patente el cariño que le tenían al fundador. Ese cariño me lo transmitieron casi por ósmosis, porque además se veía patente en todos los detalles, tanto materiales como de trato humano, que se vivían en Iará. Nunca hablábamos del fundador o de Escrivá; era el Padre. Era una persona muy próxima a pesar de las distancias. Era un santo muy próximo, muy familiar. Debo decir que no teníamos tanta conciencia del enorme grado de santidad del fundador, era difícil darse cuenta porque todo lo que se sabía de él reflejaba un modo de vivir muy corriente y esto contrastaba con la idea que se tenía de los santos de altar.

Siempre digo que, a pesar de que lo vi por primera vez en Argentina en 1974, al Fundador ya lo conocía. Y no miento

Del fundador yo tenía el libro Camino, que me habían facilitado allí. Este libro me ayudó a profundizar más en el mensaje que Dios le había confiado a San Josemaría, la posibilidad de ser santos en medio del mundo. Esta idea era una revolución, un ideal espectacular para vivirlo y transmitirlo. El saber que podía ser santo en la vida corriente, sin cambiar de estado, sin hacer cosas raras, me cambió la vida por completo.

En la puerta de la Residencia Iará, primer centro del Opus Dei en Uruguay

Recuerdo que me causó una profunda impresión una cinta que les enviaron a los de Iará desde Roma que contenía la grabación de una homilía del fundador. En ella San Josemaría hacía hincapié en que Dios nos había elegido uno a uno, por nuestros nombres, para que fuéramos santos.

Finalmente pude conocer al fundador en persona cuando estuvo en Argentina en el año 1974. No tuve oportunidad de estar con él personalmente pero asistí a una de las tertulias en un teatro. Sin embargo siempre digo que, a pesar de que lo vi por primera vez en Argentina, al fundador ya lo conocía. Y no miento. De todos modos me impresionó como, siendo una multitud los que lo escuchábamos, parecía que nos hablaba a cada uno. Éramos muchos pero el ambiente era de familia. Es que estábamos con el Padre.

  • Ricardo Vernazza, Abogado y juez //Libro "San Josemaría y los uruguayos", año 2002