Las dos Marías

La vida es un don de Dios, también cuando es débil y enferma. Esta verdad la conocen, por propia y doble experiencia, Lucía y Federico, uruguayos, casados hace 9 años y que viven en Montevideo. Lucía es Supernumeraria del Opus Dei y Federico, Cooperador de la Obra. Ambos saben también que, en circunstancias difíciles como las suyas, Dios está muy cerca y les da una serenidad imposible humanamente de explicar.

En primera persona

La primera prueba la tuvieron cuando, después de dos varones,  nació María Gracia solo con la manita derecha; el bracito izquierdo terminaba casi en el codo. En aquel momento, más que preguntarse por qué había sido así, pensaron en el para qué de lo sucedido...

- Llegamos a la conclusión –dice Lucía- de que María Gracia, en realidad, era un instrumento para ayudar a otros.  Por eso, la niña tenía que ser una obra de arte.  Y realmente lo es: es una niña no sólo inteligente, inquieta y que siempre está contenta, sino que también se destaca en el jardín de infantes por su espíritu luchador, por cómo disfruta la vida y por su permanente alegría, al punto que es casi una líder en su clase.  Alrededor de ella todos disfrutan: transmite fortaleza, acepta sin problemas su situación... Tiene una madurez por encima de su edad, rompe barreras.  Es emocionante verla trepar y balancearse en los juegos del jardín. Tiene una alta auto-estima y confianza en sí misma y lucha por conseguir lo que quiere.  Es un ser muy especial.

María Paz recién nacida, en brazos de Lucía

Cuando llegó el cuarto embarazo, a los cuatro meses el cardiólogo les informó que la criatura era inviable porque padecía una cardiopatía congénita del tipo más severo: después del nacimiento no conseguiría vivir más de tres días. El impacto de la noticia fue muy grande para los dos. Federico y Lucía lloraron juntos sin consuelo...

El ginecólogo sugirió interrumpir el embarazo. Los padres se negaron rotundamente. Lucía sólo quiso saber si la criatura sufriría mientras estuviera en su vientre. La respuesta fue negativa.

- Saber que mi hijita sería feliz hasta que naciera me dio una gran paz, y me propuse hacer todo lo posible, junto con mi marido y mis hijos, para que fuera así.

Tomás María tiene 7 años; Mateo María, 5; María Gracia, poco más de dos. Lucía y Federico les dijeron que la niña –decidieron llamarla María Paz- llegaría enfermita... Desde entonces María Paz, en el vientre de su madre, comenzó a escuchar canciones y oraciones, y a recibir caricias de sus hermanos y de sus padres. 

Lucía y Federico vivieron ese tiempo rezando a Dios para que pudieran tener a su hija siquiera unas horas.

- Fue una agonía de cinco meses, pero sentí que Dios me daba fuerzas para llevar la cruz. Las personas que trabajan conmigo en la escuela me preguntaban cómo podía decir “Buen día”  con una sonrisa... Y yo pensaba: ¿qué va a pensar María Paz si yo no sonrío? Es verdad que muchas noches lloré, pero me sentía metida en un mar de oración.  Sabía que en la Obra todos rezaban por ella y por mí.  Siempre se acercaba alguien para apoyarme.  El apoyo de la Obra para lo que iba a vivir fue invalorable. La gente rezaba por nosotras.  Me decían: No tengas miedo, cuando se enteraban.  Yo tenía paz y deseaba conocer a mi hija. Ella hacía vida normal en mi vientre y yo le decía:  ¡Qué lindo que te están  llamando desde el Cielo!  Y lo primero que le pregunté a María Paz cuando nació fue: ¿Lo pasaste bien?  ¿Oíste cantar a tus hermanos?  Era increíble la alegría que sentía”.

María Paz nació por cesárea. En cuanto la pusieron en la cuna, Federico la bautizó porque no había un minuto que perder. Sus hermanitos fueron a conocerla y todos juntos se sacaron una foto con la niña que, en ese momento, abrió los ojos.  Al rato se dieron cuenta que la criatura estaba agitada.  Federico la tomó en brazos unos minutos y después se la dio a Lucía, quien le acarició el corazón.  En ese mismo momento, María Paz se fue al Cielo.