Correr y pegarle a la pelota, una jugada que lleva a Dios

Como buen "botija", ya de chico corría tras la pelota. Siguió paso a paso los caminos hacia el fútbol mayor: el baby, las divisiones inferiores y finalmente la primera división de Danubio, el equipo de la Curva. Siempre intentó al ingresar a la cancha no dejar su vida cristiana en el vestuario y procura que sus compañeros de equipo se acerquen más a Dios sabiendo que -esa también- es una jugada genial

Testimonios
Opus Dei - Correr y pegarle a la pelota, una jugada que lleva a Dios

 Al fútbol se podría decir que jugué desde siempre, desde que puedo caminar. Mi padre me motivó mucho porque es gran deportista y fanático del fútbol. Jugué al baby fútbol en el Club Poco Sitio y también en los campeonatos interclegiales con la camiseta de Monte VI, la institución educativa en que cursé mis estudios. Siempre me encantó ese deporte y en 1992 junto a unos amigos me presenté en Danubio para probarme: me aceptaron y en el año 93 arranqué jugando en la séptima división.

La verdad es que el ambiente del fútbol era distinto a los ambientes que yo conocía. Es un poco embromado porque te das cuenta de que a algunos sólo les importa jugar y luego con su vida hacen cualquier cosa. Esto llevó a que mis compañeros me preguntaran con frecuencia cosas colmo por qué iba a Misa, o por qué me confesaba y si tal cosa era pecado "para mí". La verdad es que muchos me escuchan con respeto y valoran lo que uno les cuenta de Dios y de la Iglesia. Con otros cuesta más, porque no tienen una referencia clara a seguir en su familia o entre sus amigos, y para algunos vale todo, sobre todo en la vida nocturna.

También algunos me han dicho que no creen porque "las iglesias están llenas de oro", o que "el Papa vive en tremendos palacios" o frases hechas de este estilo. A pesar de esto, pienso que en el fondo les gusta tener un amigo que crea en Dios y que está seguro de sus convicciones. De todos modos en el plantel actual de Danubio tengo un compañero que va a Misa. Además, cuando jugamos los domingos, el técnico el sábado de tarde se va de la concentración para asistir a Misa.

A pesar de esto, pienso que en el fondo les gusta tener un amigo que crea en Dios y que está seguro de sus convicciones

En mi casa respiré siempre un ambiente de familia cristiana y el mensaje de San Josemaría lo recibí de mis padres, del colegio Monte VI y del Flama Club, por el que muchas veces también jugué al fútbol. Creo que estaría en tercero de escuela cuando mi padre me dijo que tenía que acordarme de Dios también en la cancha. Que le dedicara los goles, o que los ofreciera por alguna cuestión concreta. Al poco tiempo mi profesor de religión me dijo casi lo mismo. Esta coincidencia me impresionó tanto que nunca lo olvidé.

San Josemaría decía que teníamos que santificar el trabajo y mi trabajo hoy es el fútbol y han sido pocos los partidos en que no me haya acordado de Dios. Recuerdo que los goles que hacía en el Baby o en las inferiores de Danubio se los ofrecía a Dios por Gabriela, una amiga de mi hermana Federica, que estuvo muchos años enferma y que ahora está en el Cielo. A veces me pasaba, y me pasa, que me olvido de ofrecer los goles, o las jugadas durante el partido, y esto me hace enojar un poco, pero lo ofrezco todo al final. De hecho, muchos amigos me embroman porque después del gol que le hice a Defensor, que fue el empate en la hora y un gol importantísimo, dije en dos radios que me entrevistaron que el gol se lo dedicaba a Dios. Pero es que me salió así.

En el fútbol no hay sólo goles para dedicar, tuve que pasar por algunas malas y también allí me acordé de que San Josemaría decía que había que seguir adelante, con espíritu deportivo, nunca más aplicable que a mi trabajo.

Me ha pasado, por ejemplo, al subir de categoría, el tener que empezar a jugar con gente que conozco poco y eso a mí me cuesta porque soy un poco tímido. La verdad es que me suelto mucho más si juego con amigos o viejos compañeros y en esos primeros partidos y primeras prácticas le pedía al Señor de todo un poco, le pedía hasta que me ayudara a gritar para que me dieran más pases.

También me ha ayudado el hecho de intentar santificar mi trabajo cuando tocan pretemporadas duras o cuando estoy en el banco de suplentes. El hacerlo todo cara a Dios es como un aliciente para no bajar los brazos, para seguir corriendo o para seguir esperando la oportunidad de jugar, que, gracias a Dios, hoy la estoy teniendo.

San Josemaría decía que teníamos que santificar el trabajo y mi trabajo hoy es el fútbol, y han sido pocos los partidos en que no me haya acordado de Dios

Tengo muy presente aún el recuerdo de cuando en el año 1997 vino Monseñor Javier Echevarría, el Padre, al Uruguay. Me acuerdo que hubo un encuentro con jóvenes en donde se le hacían preguntas. Yo le conté que jugaba al fútbol y que tenía muchos compañeros que no creían en Dios. En concreto, le pregunté qué podía hacer por ellos para acercarlos a Dios y al Opus Dei. El Padre me dio una respuesta muy corta: "Apostolado". Fue lo único que me dijo, pero a mí me sirvió mucho y me impulsó a tratar de ayudar más a mis compañeros de equipo. A varios los invité a unas charlas en un centro de la Obra y estuvieron yendo durante algún tiempo. Estoy convencido de que acercarlos a Dios es de las mejores cosas que puedo hacer por ellos. Mucho más que buenos pases o goles para el equipo.

  • Ignacio González, futbolista, estudiante // Libro "San Josemaría y los uruguayos", año 2002