Una vida de servicio

Aspectos de la labor en servicio del prójimo que, por amor a Dios, desarrolló el doctor Ernesto Cofiño.

Relatos y favores
Opus Dei - Una vida de servicio

«Una vida de servicio»: así resumió Mons. Antonio Rodríguez Pedrazuela la vida de Ernesto Cofiño, en la homilía de la misa celebrada por el eterno descanso de su alma, con ocasión del primer aniversario de su fallecimiento:

«“No he venido a ser servido sino a servir (Mt. 20, 28)”. He querido comenzar la homilía con esta frase evangélica como un resumen de su vida: su deseo fue servir a los demás, deseo que fue aumentando a lo largo de su vida en gran abnegación, hasta morir “exprimido como un limón”, una expresión propia del beato Josemaría Escrivá de Balaguer; así deberíamos vivir y morir todos los hijos de Dios. Una vida gastada en servicio de Dios y del prójimo sin darse reposo, que fue alimentando año tras año especialmente en sus últimos cuarenta años, dejándonos como testamento la ejemplaridad de su vida».

Fue tanto el deseo de servir de Ernesto, que cuando en los últimos días de su vida, las radiaciones en la mandíbula superior debidas al cáncer, fueron afectando su mente, se aferró a aquellas ideas que fueron como el centro de su esfuerzo durante la vida. Fueron fundamentalmente tres, a las que continuamente recurría: la santa misa, el rezo del santo rosario y servir.

Así lo cuenta con respecto a su preocupación por los demás Benjamín González, el enfermero profesional que lo atendió durante su última enfermedad:

«En ocasiones bajaba la voz, se me acercaba y me preguntaba:

—Ven, ven... ¿Ya te di el cheque?

—¿Qué cheque, doctor?

—¿No te acuerdas? El dinero que te dije que le fueras a llevar a...

Y decía cualquier nombre. Pero se veía que aquellos actos de caridad, sin que nadie lo supiera, habían sido una constante a lo largo de su vida, y que estaba pendiente de las personas necesitadas, porque me insistía, una y otra vez:

—Ven, ven... Recuérdame que hay que llevarle el cheque a esa gente, porque necesitan el dinero, y tenemos que ver cómo los ayudamos ...

He conocido muchos médicos a lo largo de mi vida. Y sorprendentemente, fue con el doctor Cofiño, ya en el final de su vida, y en esa situación, con el que aprendí, realmente, qué es un médico. Un médico es un hombre que se desvive por servir a los demás, que está pendiente constantemente de sus enfermos, y de las personas que lo necesitan. Me habían enseñado muchos conocimientos en la Facultad; pero con él aprendí esa parte, tan decisiva y profunda, tan humana, de la Medicina. Porque, en aquella situación, el doctor podía haberse replegado en sí mismo, en sus problemas…; pero no: siguió siendo médico en todas las circunstancias, procurando ayudar a todos los que lo pudieran necesitar...» (testimonio de Benjamín González).

Su capacidad de trabajo y organización le permitió desarrollar una amplísima labor de tipo socio-asistencial, hasta tal punto que «se puede decir que es una de las personas que más han trabajado en Guatemala en favor de los pobres» (testimonio del Pbro. Julio René Ortiz Martínez).

«Él era así: un hombre dotado de una fuerza interior profundísima y poderosa —relata José Luis Cofiño Samayoa— un torrente constante de actividad; pero un torrente ordenado, que no iba arrasando, sino moviendo consigo, en su misma dirección, a todo lo que se encontraba a su paso y formaba vertientes, porque iba abriendo varios frentes a la vez: la Sociedad Protectora del Niño, su clínica privada, el Hospital General… y seguía dando clases en la Facultad, publicando artículos científicos y participando en congresos en Costa Rica, en Honduras, en Nicaragua, en Cuba, en México, Nueva York… ¡ah! y, naturalmente, en Francia: ¿cómo se iba a olvidar de aquel país que tanto amaba?».

Tenía una gran personalidad, era de temperamento alegre, optimista, con don de mando y de organización, con mucha inquietud intelectual y, por su formación religiosa, tenía entusiasmo e ilusión por cualquier proyecto noble del que se le hablara. En los proyectos en que intervenía, lo hacía con seriedad y constancia, ya se tratara de labores de gran envergadura —como por ejemplo la Colonia Infantil en San Juan Sacatepéquez para la recuperación de niños tuberculosos, el reparto de alimentos a través de "Caritas" o el Centro Universitario Ciudad Vieja— o de estudiar un idioma o aprender computación, meta que se propuso al final de su vida.

Nunca dijo que no a ninguna iniciativa y todas las realizó con prontitud. Su lema era, como había aprendido en los medios de formación del Opus Dei: "Hodie, nunc" (hoy, ahora).