Tardes de Montevideo

Se recoge un texto escrito por el P. Gonzalo Bueno en mayo de 1957 en la casa que ocupaban en Bulevar Artigas 1176, casi Canelones. Al poco tiempo, la casa se convertiría en la Residencia Universitaria Iará.

Historia

Era sólo una visita más, en apariencia. Me alegro de haber estado en casa cuando llegó. Caía ya la tarde sobre Montevideo. Yo me encontraba frente a la mesa de trabajo.

Era una tarde como muchas, y el mismo silencio del anochecer se hacía sentir en el hogar. Sonó el timbre. No, nada importante iba a ocurrir. En la puerta alguien nos buscaba. Como tantas veces. Pero yo no sé lo que el Señor reserva a cada alma que se acerca a nosotros. Una visita cualquiera...

Llegó Boris [1]. Boris es un pintor, judío de origen ruso, que se convirtió al catolicismo hace muchos años. Buen artista, buen amigo nuestro. Venía con un pariente suyo, protestante, que también tiene gran simpatía por la Obra.

Querían darnos una noticia. Y querían estar un rato en el oratorio. El pariente de Boris ha sufrido una intervención quirúrgica, y comienza ya a hacer vida normal. Parecía que la operación le había curado, pero la certeza estaba pendiente de un análisis clínico. Esta tarde recibió la respuesta afirmativa: el peligro quedaba lejos. Gran tranquilidad. La primera decisión fue inmediata: venir a casa para darnos la noticia; y, sobre todo…

-Quiero pedirle algo. ¿Puedo ir al oratorio...? Quisiera dar gracias a Dios, y he pensado que en el oratorio...

Entraron a hacer un rato de oración. Mientras tanto, yo pedía al Señor por la conversión de este hombre, que le estaría dirigiendo en ese momento una acción de gracias muy sincera; Y pensé que, si para nosotros era ésta una tarde como cualquiera otra, para é1... Ojalá el Señor le conduzca al seno de la Iglesia.

Sucesos cotidianos. Por eso, al escribir estas líneas pienso que sí, que se trataba de una visita más, no sólo en apariencia, sino realmente. Una visita cualquiera, con la salvedad de que, al fin y al cabo, son siempre diversas. Esta tarde me resultó grato que viniera un protestante: y precisamente a hablar con el Señor en nuestro oratorio. Mañana, tal vez unos estudiantes u otros amigos nuestros. El Señor les aproxima a los comienzos de nuestra labor por caminos diferentes. Esa historia corta, a veces muy corta aún de su cariño a la Obra es siempre personal, distinta. Les hemos conocido por vías diversas. Como diversos son los motivos que les traen por aquí, y diversas las cosas que nos dicen. Encuentran lo mismo: una casa sencilla, la presencia del Señor en el sagrario, palabras de alegría...

Cuando nuestros amigos se marcharon, volvió el silencio a la casa. Una visita como tantas. Pero, como siempre, detrás de la visita una historia, unos problemas, un hombre frente a Dios. Luego entré yo en el oratorio. ¿Cosas grandes? Ya vendrán: ya vienen. Ahora, una trama de sucesos menudos, los que el diario de la casa recoge, casi con rapidez, en la página de un día.

Tardes de Montevideo. Tardes australes, de trabajo callado y de oración, de espera por los frutos que se acercan. Se adivina ya la semilla en esta tierra del sur. Crece en silencio, y saldrá a la luz cuando Dios quiera. La esperanza es firme. Porque es la Obra entera quien aguarda.

Tardes de Montevideo. Algunos días de la semana, la esperanza se concreta muy especialmente en algunos nombres que repetimos al Señor en la oración. Los jueves, sobre todo, el ambiente de la casa se anima especialmente a esta hora. O más bien, cuando ya es de noche. Desde las nueve y media, van llegando a casa algunos universitarios. Son universitarios, que estudian en diversas facultades. Vienen a veces algo cansados por las tareas del día. Pero muestran siempre la alegría de venir a esta casa. Después de saludarnos, pasan al oratorio. Comienza enseguida la meditación.

Luego, tenemos una tertulia en la que se abordan diversos temas de actualidad: de arte, de política, de economía, de ciencias… Cada uno expone serenamente su punto de vista, y la charla -sin discusión- se prolonga amigablemente.

En estas reuniones, se forja una amistad que luego es fácil conducir hacia nuevos caminos. Estos chicos que un día llegaron a casa movidos casi únicamente por inquietudes culturales, comienzan ahora a hacer oración y a dirigirse con un sacerdote. Adelantan en su formación, y se sienten unidos a esta casa que han visto amueblarse poco a poco.

Hace días, cuando don Ricardo [2] estuvo aquí, dio una charla con proyecciones en color acerca de su viaje por Perú y Bolivia. Un chico trajo a un amigo suyo; y, ya que estaban aquí, se consideró obligado a hablarle de la Obra. Yo me encontraba a pocos pasos, y llegaban hasta mí sus palabras: espíritu de la Obra, unir la perfección en la vida espiritual con la perfección en el trabajo profesional...

Organizamos para ellos un retiro mensual. Les resultaba una cosa nueva; y ya desde el comienzo -nos lo dicen- les gustaba meditar sobre vida sobrenatural con un enfoque positivo. Entre los actos del retiro aprovechan muy bien el tiempo. Incluso hay uno que busca una habitación donde nadie suele ir, y se instala allí para meditar en la calma más absoluta.

A través de estas actividades, se vislumbra ya el fruto de nuestra labor con los chicos que están más alejados de la fe, o con los que ni siquiera han recibido el bautismo. Hay Por delante un gran campo de apostolado ad fidem [3].

En estos días, cuando vayamos de excursión con Boris y con aquel amigo nuestro protestante -y lo haremos pronto, como quedó concertado en su visita-, encomendaremos mucho la conversión de éste último. Por todas partes surgen oportunidades de realizar este apostolado que es tan propio de la Obra. Y ahora, cuando cae otra vez la tarde sobre Montevideo -es una tarde cualquiera-, la espera de los frutos que van naciendo nos alienta en el trabajo apostólico, en la siembra. Hoy no esperamos a nadie en casa. Sólo está el Señor en el oratorio; y aquí, a pocos pasos, nosotros. Trabajo, esperanza... unidad: cabemos todos en este silencio.

[1] Boris Guréwitsch.

[2] Ricardo Fernández Vallespín, sacerdote (1910-1988). En 1950, fue enviado por el fundador del Opus Dei a comenzar la labor apostólica del Opus Dei en Argentina. Desde entonces, con frecuencia realizaba viajes a Montevideo para preparar el comienzo de la labor en Uruguay.

[3] Apostolado con personas alejadas de la fe cristiana.