Se celebró en Montevideo la festividad del beato Álvaro del Portillo

Fue el 12 de mayo pasado, en coincidencia con la fecha en que el beato Álvaro recibiera la Primera Comunión en 1921, y que fuera fijada en el santoral para conmemorar su fiesta

De Uruguay
Opus Dei - Se celebró en Montevideo la festividad del beato Álvaro del Portillo

Mons. Carlos María González Saracho, Vicario Regional de la Prelatura del Opus Dei en Uruguay, celebró la Solemne Eucaristía en la Iglesia Parroquial de María Auxiliadora (Talleres Don Bosco).

Durante su homilía, destacó que "Don Alvaro, buscó siempre identificarse con el Señor y, cuando en septiembre de 1975 se convirtió en el primer sucesor de San Josemaría y recibió en herencia el rebaño del Opus Dei, ejercitó con sacrificio y alegría su función de Buen Pastor."

En momentos en que el Papa Francisco se encontraba en Portugal para celebrar los 100 años de las apariciones de la Virgen en Fátima, Mons. González aprovechó también para destacar la piedad mariana del Beato Álvaro: "Vienen a la memoria innumerables recuerdos de la devoción de don Alvaro a la Virgen. El Santuario de Fátima, concretamente, lo visitó muchas veces: con San Josemaría y luego como Prelado del Opus Dei. Pero lo que más impresiona es el modo en que trataba a la Virgen y cómo hablaba de Ella”.


Se transcribe a continuación el texto completo de la homilía de Mons. Carlos González.


Nos reunimos una vez más, para celebrar junto al altar y en familia la memoria litúrgica del Beato Alvaro del Portillo, a quien varios de los presentes conocimos y a los que muchos llamamos don Alvaro.

En la primera Lectura hemos escuchado el texto del Profeta Ezequiel, vinculado al Evangelio de la Misa de hoy y del domingo pasado: el Señor como buen pastor, que cuida del rebaño y lo lleva a pastos escogidos. “Las apacentaré en pastos escogidos, tendrán sus majadas en los montes más altos de Israel; se recostarán en pródigas tierras y pacerán abundantes pastos en los montes de Israel. Yo mismo apacentaré mis ovejas y las haré reposar. Buscaré la oveja perdida, recogeré a la descarriada; vendaré a las heridas; fortaleceré a la enferma; pero a la que esté fuerte y robusta la guardaré; la apacentaré con justicia.”

Don Alvaro, buscó siempre identificarse con el Señor y, cuando en septiembre de 1975 se convirtió en el primer sucesor de San Josemaría y recibió en herencia el rebaño del Opus Dei, ejercitó con sacrificio y alegría su función de Buen Pastor.

Una de las tantas demostraciones de buen pastor fue llevarnos, invitarnos a esos pastos escogidos que son la frecuencia de los Sacramentos (especialmente la Eucaristía y la Confesión) y a una devoción sincera, de buenos hijos, con la Virgen y la unión con el Papa.

Como mañana celebraremos los 100 años de las apariciones de Fátima, es hoy una ocasión muy buena para examinarnos sobre nuestra devoción a la Virgen y nuestra unión con el Papa, que está ya en Fátima para celebrar el Centenario.

Vienen a la memoria innumerables recuerdos de la devoción de don Alvaro a la Virgen. El Santuario de Fátima, concretamente, lo visitó muchas veces: con San Josemaría y luego como Prelado del Opus Dei. Pero lo que más impresiona es el modo en que trataba a la Virgen y cómo hablaba de Ella. Ya de chiquito aprendió de su madre, que era mexicana, una oración, a la que en el 2013 se le puso música y el coro hoy la cantará después de la Comunión (comienza así: “Dulce Madre no me dejes, tu vista de mí no apartes…”). Repetía a menudo esa oración.

Impresionaba mucho la fe y asiduidad con la acudía a la poderosa intercesión de la Madre de Dios. Por ej.: en 1978 se cumplían 50 años de la fundación del Opus Dei, y el 9 de enero de ese año nos escribió una larga carta pastoral a los fieles del Opus Dei, animándonos a prepararnos para el 50º aniversario y nos propuso que viviéramos esos meses como un Año mariano: «No haremos nada raro ni clamoroso: vamos sencillamente, como buenos hijos, a meter más a la Virgen en todo y para todo».

Fue un año de acción de gracias —a través de la Virgen— y de compunción, en el que esperaba un gran impulso para la vida espiritual y la labor apostólica en el mundo entero. Como modo concreto de manifestar su amor y confianza en la Madre de Dios, se propuso realizar muchas visitas y peregrinaciones a iglesias y santuarios marianos de Europa.

En enero de ese año llegué a Roma, para trabajar junto a él; recuerdo cómo en esos meses iba a rezar el rosario a distintas basílicas e iglesias de Roma. Solo en el primer trimestre de 1978 visitó más de veinticinco.

En el mes de mayo, fue a Suiza —al Santuario de Einsiedeln— y a Portugal, para rezar ante la Virgen de Fátima. Pedía –y hacía rezar- por la Iglesia y por el Papa, así como por el Opus Dei.

Ese año -1978- fue el Año de los tres Papas (Pablo VI, Juan Pablo I y Juan Pablo II).

El 19 de junio de 1978, Pablo VI concedió una audiencia a don Álvaro que, al regresar, estaba feliz y nos comentó después: «Fue un encuentro muy amable. El Santo Padre tuvo la delicadeza de fijar la audiencia para una fecha en que sólo recibía a dos personas, y yo fui el segundo, para poder disponer de más tiempo. Efectivamente, permanecí con el Papa cerca de una hora. Es costumbre no contar nada de estas conversaciones con el Romano Pontífice, pero algo puedo comentar, porque le pedí permiso expresamente. Por ejemplo, al recordarle que, en la audiencia anterior, había afirmado que San Josemaría era una de las personas que más carismas había recibido en toda la historia de la Iglesia, el Papa me contestó que durante años había hecho la oración con Camino y con otros escritos de nuestro Fundador, y que le ayudaron mucho». Pablo VI le había rogado que, al volver a Villa Tevere –la casa donde vivía don Alvaro-, fuera en su nombre a rezar ante la tumba de san Josemaría, para pedir por la Iglesia y por el Papa. Como don Álvaro le respondió con prontitud que lo haría nada más llegar, Pablo VI le replicó con cariño: —Ma no: dovrà prima pranzare, lo faccia in giornata (No; antes debe almorzar; hágalo en otro momento del día). Don Álvaro cumplió el encargo esa tarde. Recuerdo que volvió muy contento de esa audiencia, pero también conmovido, al ver el deteriorado estado de salud de Pablo VI, que falleció semanas después.

Con Juan Pablo II hubo enseguida una especial sintonía, basada entre otras cosas –pienso yo- en una común fuerte devoción a la Virgen. Por ej., la primera vez que se vieron al día siguiente de haber sido elegido Papa –coincidieron en un Hospital visitando a un amigo común- y en ocasiones sucesivas, cuando Juan Pablo II encontraba a don Alvaro, lo saludaba con amistosa complicidad diciendo “Opus Dei…. Il primo Opus Dei é la Madonna” (el primer Opus Dei es la Virgen).

Mañana se cumplen 100 años de las Apariciones de Fátima. Todos recordamos el atentado del 13 de mayo de 1981 a Juan Pablo II, del que milagrosamente no murió. El mismo Papa reconocía años después “Fue una mano materna la que guió la trayectoria de la bala y el Papa agonizante se paró en el umbral de la muerte”. Benedicto XVI comentaba estas palabras diciendo que “el hecho de que una “mano materna” haya desviado la bala mortal muestra una vez más que no existe un destino inmutable, que la fe y la oración son poderosas, pueden influir en la historia y que, al final, la oración es más fuerte que las balas, la fe más potente que las divisiones”. (podemos añadir que son mucho más poderosas que el voto de una Junta Departamental circunstancial: los miembros de una Junta pasan, la Iglesia queda).

Poco meses después el Papa compuso un “Acto de consagración” del mundo al Corazón Inmaculado de María (como había pedido la Virgen en Fátima), que volvió a repetir en 1984 en la Plaza de San Pedro, con especial referencia a Rusia. 5 años después caía el Muro de Berlín. Mons. del Portillo escribió poco antes una emotiva carta a Juan Pablo II, en la que manifestaba su alegría y la convicción de que aquellos cambios tan inesperados que se estaban perfilando (conversaciones previas de Juan Pablo II con Gorvachov, que lo visitó en el Vaticano) había que atribuirlos a la intercesión de la Virgen de Fátima: «Los días pasados, hemos escuchado con intensa emoción las palabras de Vuestra Santidad al concluir sus conversaciones con el Sr. Gorvachov: palabras que han movido nuestro corazón a un canto de profundo agradecimiento al Señor, por lo que nos ha permitido ver y escuchar. (...) Estoy convencido de que todo lo que el Señor nos está concediendo se debe a la materna intercesión de la Virgen María. (...) Pienso que también hoy, después de la consagración de todo el mundo, y también de Rusia, que Vuestra Santidad realizó al Corazón Inmaculado de María en 1984, la Virgen de Fátima ha querido hacer a todos nosotros —a toda la humanidad— el don de una nueva caricia materna, obteniendo del Corazón Sacratísimo y Misericordioso del Señor las grandísimas gracias de estos días» (Del Portillo, Á., Carta a S.S. Juan Pablo II, AGP, APD C-891204. Original en italiano).

Don Alvaro, al igual que Juan Pablo II estaban convencidos de que –por encima de las explicaciones humanas- la poderosa intercesión de María había obtenido esos frutos.

Sobre la confianza en la intercesión de María, recuerdo que una vez que le dijimos que íbamos a hacer una gestión para un asunto importante y nos comentó (él, que durante toda su vida había tantas gestiones difíciles y exitosas): “muy bien, pero no olviden que un Ave María bien rezada puede ser más eficaz que esa gestión”.

El Papa Francisco ha dicho: “el sábado ofreceré a la Virgen de Fatima un ramo. Ustedes son las flores”. Es una idea que nos llama a la responsabilidad: el Papa “quiere quedar bien” ante María, presentando nuestras vidas, nuestras luchas por seguir de cerca a su Hijo. Vamos a no dejar mal al Papa ante la Virgen de Fátima. Don Alvaro también nos solía comentar algo similar: “cuando voy a celebrar Misa voy cargado con el tesoro de oraciones y sacrificios de todos los de la Obra, los Cooperadores y los amigos”.

Con visión de fe, es lógico que la Virgen pueda tanto en la historia: es la Madre de Cristo, el que –como decimos en el Credo- “vendrá al fin de los tiempos a juzgar a vivos y muertos”. Es la Madre de Cristo y también nuestra Madre: a Ella acudimos para que siga protegiendo al Papa y nos siga protegiendo a nosotros en nuestro caminar junto a Jesús.