Más de 1.000 vocaciones al sacerdocio

Elizaga es un sacerdote que quiere explicar a los demás para qué sirven los curas. Y para ello escribió todo un libro. También admira el gran amor que San Josemaría Escrivá tenía hacia el sacerdocio y reconoce su santidad en el hecho de haber llevado durante su vida a más de 1000 hombres al sacerdocio

Opus Dei - Más de 1.000 vocaciones al sacerdocio

El pasado años 2001 tuve ocasión de presentar mis “Memorias de un Cura”. Como explico allí quería rendir homenaje a tantos sacerdotes del clero secular y dar a conocer al gran público para qué sirven esos hombres llamados curas y qué los mueve a no casarse.

Quiénes son esos señores que antes llevaban un hábito negro y ahora un cuello especial como distintivo, que fueron combatidos por unos y amados por otros, pero que siempre estuvieron presentes en todos los acontecimientos de nuestra historia.

Quiero recordar que, en el acto de presentación del libro, el encargado fue el Cr. Enrique Iglesias -amigo de la infancia y compañero de clase desde el colegio- y otro amigos, entre los que se contaban el P. Robin Traverso y otros dos sacerdotes del Opus Dei, con los que me liga una amistad de muchos años.

Josemaría Escrivá tenía un gran amor al sacerdocio. Esta inquietud le llevaba a contar con su habitual agudeza: “Hace mucho tiempo una persona, indiscretamente, me preguntó si los que seguimos la carrera sacerdotal tenemos retiro, jubilación, al llegar a viejos.... Como no le contestara, insistió el inoportuno. - Entonces se me ocurrió la respuesta que , a mi juicio no tiene vuelta de hoja: el sacerdocio -le dije- no es una carrera, ¡es un apostolado! - Así lo siento. Y quise ponerlo en estas notas para que -con la ayuda del Señor- jamás se nos olvide la diferencia.” (Forja)

El Opus Dei es una de las realidades más novedosas de la Iglesia. Aunque yo estaba desde los años 70 con la “Renovación Carismática”, igualmente he mantenido cordiales relaciones con el Opus Dei, al que he conocido mejor en los últimos 20 años, tanto a través de los sacerdotes, como de muchos laicos que he tenido como alumnos o que han frecuentado mi parroquia. Me impresionó desde el principio el carisma del Fundador, al que pude ver y conocer a través de los encuentros filmados con mucha gente en diversas partes del mundo y a través de sus obras, como Camino, Forja o las homilías. Una cosa que me asombró en él desde que lo conocí fue su amor al sacerdocio; pues como sacerdote secular brindó su vida por amor a la Iglesia.

Escribió: “La Iglesia necesita -y necesitará siempre- sacerdotes. Pídeselos a diario a la Trinidad Santísima, a través de Santa María. - Y pide que sean alegres, operativos, eficaces; que estén bien preparados; y que se sacrifiquen gustosos por sus hermanos, sin sentirse víctimas” (Forja)

Este amor a la Iglesia se concretó en su amor por las vocaciones sacerdotales: al morir había llevado al sacerdocio a más de mil jóvenes repartidos por todo el mundo. Este solo hecho, a mi entender, explica de por  sí que se trate de una figura excepcional del siglo XX y bastaría para explicar su canonización por Juan Pablo II.

El 20 de octubre de 1956 llegaron al puerto de Montevideo, después de un prolongado viaje transoceánico en el “Cabo de Hornos”, dos jóvenes sacerdotes: Agustín Falceto y Gonzalo Bueno. El primero ingeniero químico y el segundo oftalmólogo. Pero no venían a ejercer su profesión sino su ministerio sacerdotal.

Arribaban a la bahía de Montevideo enviados por Josemaría Escrivá que, desde su “centro de operaciones pastorales” en la ciudad de Roma, enviaba a nuestro país a los primeros del Opus Dei. El santo lo explicaba así en una de sus homilías con motivos de la ordenación de algunos hijos suyos: “Se ordenarán, para servir. No para mandar, no para brillar, sino para entregarse, en un silencio incesante y divino, al servicio de todas las almas. Cuando sean sacerdotes, no se dejarán arrastrar por la tentación de imitar las ocupaciones y el trabajo de los seglares, aunque se trate de tareas que conocen bien, porque las han realizado hasta ahora y eso les ha confirmado en una mentalidad laical que no perderán

nunca.”

“Su competencia en diversas ramas del saber humano -de la historia, de las ciencias naturales, de la psicología, de la sociología-, aunque necesariamente forme parte de esa mentalidad laical, no les llevará a querer presentarse como sacerdotes-psicólogos, sacerdotes-biólogos o sacerdotes-sociólogos; han recibido el Sacramento del Orden para ser, nada más y nada menos, “sacerdotes-sacerdotes”, sacerdotes cien por cien”. (homilía “Sacerdote para la Eternidad”)

Y supe que pronto Mons. Barbieri les dio algunos encargos en la diócesis; así comenzaron a hacer realidad ese espíritu de servicio a las diócesis que caracteriza a la Prelatura.

Tuve ocasión de conocerlos poco después de su llegada, cuando yo era un seminarista ejerciendo mi Diaconado en la Parroquia de Stella Maris de Carrasco, junto al Padre Ponce de León. Más adelante nos veíamos en Juventus.

Durante años hemos mantenido la amistad y he conocido a muchos otros sacerdotes y laicos del Opus Dei. Con los sacerdotes del clero he participado en las Jornadas de Espiritualidad que mensualmente organizan para los sacerdotes, con meditación y Exposición solemne del Santísimo Sacramento y luego pasamos un rato de convivencia fraternal.

Tuve ocasión de saludar al actual Obispo Prelado, Mons. Javier Echevarría, en su visita a Uruguay en el Palacio Peñarol: un miércoles de tarde de 1997, mientras Uruguay jugaba contra Chile en el estadio Centenario, una multitud de miles de personas nos juntamos para oírle hablar de Dios y escuchar de sus labios el mensaje que el Opus Dei transmite para la santificación del trabajo de los laicos y sacerdotes seculares.

Al terminar aquella amable reunión pude saludar a Don Javier y le conté que yo había conocido a los primeros sacerdotes del Opus Dei siendo diácono en la Parroquia de Stella Maris. Él me saludó calurosamente y me dijo: “Pero cuántos años tienes tú entonces” y con asombro comentó que en Uruguay no sólo las madres sino también los sacerdotes parecemos más jóvenes. Y ese modo de ver a los sacerdotes era el mismo que tenía San Josemaría: “Mienten -o están equivocados- quienes afirman que los sacerdotes están solos: estamos más acompañados que nadie, porque contamos con la continua compañía del Señor, a quien hemos de tratar ininterrumpidamente. -¡Somos enamorados del Amor!...” (Forja).

  • Pbro. Julio C. Elizaga, Párroco de Belén // Libro "San Josemaría y los uruguayos", año 2002