La vida como lucha por la transformación

Es una de las plumas más brillantes del periodismo uruguayo actual. Además de agudo e inteligente en sus observaciones, es categórico en sus juicios, donde para decir lo que piensa no deja que su pluma se ande con medias titntas. Tampoco lo hace aquí para hablar sobre San Josemaría y su legado

Opus Dei - La vida como lucha por la transformación

Allá por 1990 una revista española sensacionalista publicó una nota sobre el fundador del Opus Dei, Josemaría Escrivá de Balaguer, que se parecía a una crucifixión. Sobre la base de testimonios, la mayoría anónimos, de gente que decía haberlo conocido, se le describía como un hombre autoritario, rencoroso y vengativo, casi como un “capomaffia”. Se decía que había empleado años de esfuerzo en que le reconocieran un título de nobleza falso y se daba al lector la imagen de un hombre frívolo, amante de la figuración social y la buena vida, y terriblemente reaccionario. Lo más opuesto a un santo que pedir se pueda.

Es notable que el propio interesado, en sus palabras, parecía coincidir con esta visión; le gustaba definirse como “instrumento inepto y sordo”, “lleno de miserias”, “capaz de todos los errores y de todos los horrores”, “último trapo sucio de este mundo podrido”, sin mérito alguno como no fuera el estar “enamorado de Jesús”, como solía decir. En una ocasión, y ante una botella del cognac marca “103”, comentó: “Dios está incluso en esta bebida; el 1 es la Unidad divina y el 3 la Trinidad. El 0 soy yo”.

No es esa, desde luego, la imagen que guardaron de él quienes le conocieron y le trataron profundamente, ni la que tienen los millones de personas que, en todo el mundo, dedican su vida a la obra que él creó o simplemente se aprestan a celebrar su ascenso a los altares. Los que pasaron por su vida lo recuerdan, simplemente, como un santo, un hombre de Dios.

Los que pasaron por su vida lo recuerdan, simplemente, como un santo, un hombre de Dios

El pintor Luis Mosquera, que hizo de él dos retratos (uno de medio cuerpo y otro de cuerpo entero), comentaba años después que había en Escrivá algo intransferible, inasible pero presente en toda su persona que él –el pintor- no lograba captar. Y la periodista Pilar Urbano, que habló con el artista, afirma que éste, un agnóstico, le dijo que sólo cuando comprendió que lo que le faltaba pintar era la santidad, pudo dar por terminado los retratos. “En sus cinco sesiones de Molinoviejo –escribe Urbano- intuyó, columbró y palpó que aquel cura que tenía delante era algo más que un prelado, algo más que un fundador, algo más que un ilustre personaje. Algo más y algo distinto: era un santo de raza. Era, barro y gracia, un santo de la cabeza a los pies, pero con cuajo de hombre”.

Josemaría Escrivá de Balaguer es una de las personalidades más trascendentes de la Iglesia Católica en el siglo XX. Fundó una obra católica basada en principios que pueden calificarse de revolucionarios, y como tal fue incomprendido y resistido, incluso en el seno de la propia Iglesia. Pero, en tiempo asombrosamente breve, consiguió que esa obra se extendiese por todo el mundo, confiriese al cristianismo una potencia y una energía renovadas y fuese convertida en prelatura personal por el papa Juan Pablo II, en 1982. Fallecido el 26 de junio de 1975, su proceso de beatificación se inició en 1981 y culminó en 1992, en una ceremonia presidida por el propio Juan Pablo II. Diez años más tarde el mundo católico asistió a su santificación. Veintisiete años después de su deceso, el ríspido cura de Barbastro culminó su encendida existencia logrando un sitial entre los siervos de Dios que la Iglesia propone como ejemplo y modelo a imitar.

Fundó una obra católica basada en principios que pueden calificarse de revolucionarios, y como tal fue incomprendido y resistido

¿Qué misterio se encerraba en este hombre, capaz de fascinar y conquistar a muchos y de suscitar sentimientos de hostilidad profundos en algunos de los que miran su prédica y su acción desde afuera? No fue un místico de vida contemplativa, ni un carácter dulce y poético del tipo San Francisco de Asís; fue esencialmente un realizador, un hombre de acción capaz de desarrollar una actividad febril y continua que resultaba una tortura para quienes pretendían seguirle los pasos. Y esa fue la clave de su éxito, y de su santidad. Se consideró siempre un instrumento divino que no debía abandonar este mundo sin haber forjado una serie de cambios que estaba señalados por Su voluntad, y en esa tarea desplegó una energía auténticamente sobrehumana. Energía que él consideraba insuflada directamente por Dios a través de la oración; porque, en su concepción de la vida, cada una de sus acciones, de la más elemental a la más trascendente, era un acto de adoración, una plegaria. Una oración.

Su vida, y su Obra, están llenas de falsas apreciaciones y de leyendas que rayan la calumnia por parte de quienes, por ignorancia o por incomprensión, se han preocupado por difundirlas. Y puede demostrarse, objetivamente, que ninguna de ellas se ajusta a la verdad. Se dice que Escrivá creó una organización para ricos, una especie de pastoral para los privilegiados de la tierra, y se le ha acusado de insensibilidad ante los problemas sociales. Pero él sostenía que “no hay Iglesia de los pobres ni Iglesia de los ricos; todas las almas son pobres”, y llamaba a “dar una gran batalla contra la miseria, contra la ignorancia, contra la enfermedad, contra el sufrimiento” para crear un mundo en el que “no hubiera pobres ni analfabetos, en el que no haya ignorantes”. En su cosmogonía era parte esencial de la tarea de un cristiano combatir la miseria y la ignorancia –que suele ser su hija directa- con el objetivo de igualar hacia arriba, sin necesidad de criticar o atacar a los privilegiados, de quienes decía que, si no viven en el espíritu de pobreza propio del cristianismo, “se caen solos”. Se dice que Escrivá era un dogmático fanatizado que rechazaba violentamente a todos los que no pensaban como él; pero él reivindicaba la libertad como uno de los bienes fundamentales de la persona (“Amo la libertad, porque sin libertad no podríamos servir a Dios; seríamos unos desgraciados”) y afirmaba que “hay que saber respetar la libertad de los demás. Y ser comprensivos; aceptar que otros tienen sus motivos para pensar de modo distinto y admitir que nosotros podemos estar equivocados”. “¿Fanáticos? ¡Ni del Opus Dei!” exclamaba.

En su cosmogonía era parte esencial de la tarea de un cristiano combatir la miseria y la ignorancia -que suele ser su hija directa-

Se dice que Escrivá era un oscurantista cuasi medieval, que practicaba un cerril antintelectualismo y sospechaba del conocimiento científico: pero él, que creó e impulsó la creación de Universidades y centros de estudio en todo el mundo, sostenía: “La Iglesia de Jesucristo no tiene ningún miedo a la verdad científica. Y los hijos de Dios en el Opus Dei tenemos la obligación de hacernos presentes en todas las ciencias humanas”. Se dice que Escrivá era un integrista, pese a que él desmintió, en palabras y en hechos, esa calidad (“el integrismo es una momia, y el “progresismo” es como un niño indómito que rompe todo lo que encuentra. No soy integrista ni “progresista”, sino sacerdote de Dios y amigo de la verdad”).

Se dice que Escrivá tenía ideas políticas ultramontanas y que hizo la guerra civil española del lado “del fascismo”, pero simplemente no es verdad. Durante ese espantoso conflicto estuvo actuando como sacerdote primero en la zona roja donde tuvo la valentía de ejercer el sacerdocio, luego en la zona controlada por los Nacionales, pero mantuvo correspondencia con los muchos amigos, algunos de ellos miembros del Opus Dei, que luchaban del lado Republicano.

La fidelidad (...) que hoy le guardan millones de seres en todo el mundo es el mejor desmentido de los que aún se empeñan por (...) distorsionar su legado

Josemaría Escrivá de Balaguer fue un hombre extraordinario, que sin otros medios que una convicción arraigada en lo más hondo de su fe y una capacidad de trabajo que resulta difícil equiparar, creó una organización que renovó profundamente el catolicismo y que ha bregado, y brega hoy más que nunca, por generar un mundo más justo, mejor distribuido, menos ignorante, menos doliente y más tolerante que aquel que él conoció y en el cual realizó su apostolado.

Concibió y vivió la existencia como una permanente lucha por la transformación, con un norte bien señalado: vivir de acuerdo a los principios cristianos, con la santidad como meta. La fidelidad a sus enseñanzas y a su memoria que hoy le guardan millones de seres en todo el mundo es el mejor desmentido de los que aún se empeñan por minimizar y distorsionar su impresionante legado.

  • Lincoln R. Maiztegui Casas, periodista, docente // Libro "San Josemaría y los uruguayos", año 2002