“Esto está escrito para vos y para mí”

Un día lluvioso, a las corridas tras un taxi para ir al hospital a cuidar a su padre que se encontraba en estado terminal, un vecino le dio una estampa de San Josemaría. A la vuelta de los años se daría cuenta que su trabajo, el de su marido, sus hijos y la vida cristiana eran una misma cosa.

Opus Dei - “Esto está escrito para vos y para mí” Dra. Chelita Amato de Olivera

Soy abogada, hace 25 años que me recibí y hace 23 que trabajo en instituciones bancarias. Hace 24 años que estoy casada, tengo 7 hijos que van desde los 21 a los 8 años. Yo fui hija única y Dios me premió luego con una familia numerosa.

Conocí la Obra como en dos etapas. Hace muchos años, cuando me faltaba poco para recibirme, mi padre enfermó de cáncer con un desenlace muy rápido. Como hija única asumí la titularidad del cuidado de papá. La gravedad llevó a que se lo internara y yo lo cuide en el sanatorio. Un día, poco tiempo antes de fallecer mi padre -lo recuerdo con total claridad- salía desesperada de mi casa porque llegaba tarde, no encontraba taxi, llovía… A esa altura los problemas mínimos, como no encontrar un taxi, me desbordaban, estaba mal, muy triste con el tema de papá, preocupada porque mi madre estaba además con quebrantos de salud. Era una etapa difícil de mi vida. Bien, ese día llego a la esquina y me encuentro con un vecino, que vivía frente por frente a mi casa, un muchacho joven más o menos de mi edad, quien seguramente captó mi cara de angustia y así mientras yo paraba el taxi y llovía a cántaros, él sacó una estampa del Fundador del Opus Dei y me dijo: "vos rezale, es un santo, un santazo, rezale por tu padre".

Así como me la dio, la guardé. Pero recuerdo con absoluta claridad que esa noche, después que papá se durmió, la saqué y la leí por primera vez y estuve horas rezando hasta bien entrada la madrugada. Cientos de veces debo haberla rezado pidiendo no la recuperación de papá pero sí para que muriera recibiendo los sacramentos, que muriera en paz, que tuviera una buena muerte y también le pedía a Dios, por intermedio de ese sacerdote hasta ese día desconocido, que yo mantuviera la calma porque estaba desbordada, porque no tenía claro nada. Recé también los días subsiguientes y por eso, al poco tiempo, me supe la oración de la estampa de memoria. Yo rezaba con mucha piedad esa oración. Papá murió confortado con los sacramentos, en paz y yo quedé con una tranquilidad absoluta, con una serenidad total para tomar las decisiones que se deben tomar después de la muerte de alguien. Tenía una paz que yo me asombraba y di por hecho el favor. Ahí dejé de rezar la estampa y seguí mi vida, me recibí y me casé y pasaron un montón de años.

Cuando estaba esperando mi primer hijo nos contactamos con un matrimonio que llevaba adelante una actividad con parejas jóvenes donde se tocaban temas muy interesantes referidos al matrimonio y la educación de los hijos. La gente que lo organizaba estaba inspirada en el espíritu del Opus Dei y seguían así los deseos de San Josemaría de intentar influir en las familias. Después de un tiempo alguien me invitó a un centro del Opus Dei y después de muchos años me reencontré con aquella estampa nuevamente.

A través de aquél matrimonio me llegó un libro sobre la santificación del trabajo. Me acuerdo que en aquel entonces me desvelaba mucho y aprovechaba a leer este libro que me habían prestado. Recuerdo que me llamó tanto la atención aquello que desperté a mi marido y le dije: “esto tenés que escucharlo, esto está escrito para vos y para mí”, aunque especialmente para él ya que tengo “una máquina de trabajo” al lado. Yo había aprendido que un cristiano como cristiano tenía que buscar la santidad pero este sacerdote –Josemaría Escrivá de Balaguer- lo remataba de una manera absolutamente revolucionaria: la posibilidad de ser santo a través de tu trabajo era como rescatar la grandeza de la vida ordinaria, todo eso que es la vida de cada uno de los humanos que vamos por ahí. Levantarte, preparar el desayuno, las viandas, realizar la actividad diaria, que todo eso que sea materia de santificación, que sea un pasaporte directo para ganarte el cielo, me parecía de locos. Entonces cuando lo leí por primera vez lo desperté a mi marido porque me parecía que era algo inventado para nosotros dos.

Inmediatamente viene la inquietud de cómo concretar esto, que me ayuden en cómo lograr eso ya que “obras son amores y no buenas razones”. Me parecía increíble que un trabajo bien hecho, realizado de cara a Dios, efectuado con mucho cariño era oración que te permitía al mismo tiempo hablar con Dios y santificarte, ganándote la vida eterna. No era poca cosa aquello.

Mi realidad laboral existió desde el vamos en mi vida de casada. Siempre uno se va repartiendo, uno se va multiplicando, pero gracias a Dios las cosas vienen de a uno, los hijos vienen de a uno, las responsabilidades se van sumando y uno va acomodando el cuerpo y Dios te ayuda.

El gran milagro que operó en mi vida el pensamiento transmitido por San Josemaría es que todo esto no fue una sumatoria a mis responsabilidades. Una vez un sacerdote me dijo que todo lo que me da la Obra, y a lo que uno se compromete con el Opus Dei, es como la chismosa cuando una va a hacer los mandados: uno no piensa que la chismosa es un peso sino que ayuda a traer los mandados. Yo no podría hacer lo que hago en mi vida sino tuviera incorporada esta espiritualidad.

Para terminar quiero contar un favor que me hizo el Beato Josemaría. Concurrí al ginecólogo a un control normal y al hacerme una ecografía de chequeo rutinario el médico quedó asombrado porque percibió una pequeña tumoración en uno de mis ovarios, al punto que me mandó exámenes complementarios y me hicieron una ecografía un poco más sofisticada para confirmar el diagnóstico. Al hacerme ese segundo estudio el diagnóstico quedó confirmado. Recuerdo que en ese momento mi esposo estaba de viaje. El médico me planteó que había que operar rápidamente porque había riesgo de que el tumor estallara, o que dañara el ovario, ya que tenía dimensiones importantes. Me hice los análisis previos a la operación muy a regañadientes y el mismo médico se preocupó de conseguirme hora, día y reservarme cama para la intervención.

A todo esto, los hechos se iban precipitando y yo no me animaba a contarles a mi marido ni a mi madre. De todas formas empecé a rezar una novena a San Josemaría y le pedí a las personas que estaban más cerca de mí que también rezaran. Dos días antes de la intervención pedí una consulta especial con el médico para que me permitiera reiterar la ecografía. Con todo sentido me dijo que era innecesario. Pero yo insistí tanto que aceptó. Me atendió la misma persona que me había hecho la ecografía anterior. Me empezó a hacer la ecografía y yo veo que la repite, que lee el informe, y tuve el presentimiento que el tumor ya no estaba. El presentimiento se confirmó cuando me dijeron que los dos ovarios estaban perfectos, la tumoración ya no estaba, no es que se había reducido sino que no estaba. Conservo ambos informes, uno cuyo diagnóstico es la operación y el otro que dice que la situación es totalmente normal. La última ecografía me la hicieron al noveno día de comenzar a rezarle a San Josemaría.

  • Chelita Amato de Olivera, Abogada // Libro "San Josemaría y los uruguayos", año 2002