Entre Bilbao, Montevideo, París y Jerusalén, una historia familiar

Su marido era diplomático y juntos cargaron con la familia a cuestas por el mundo. Durante la dictadura él renunció a su cargo y debieron afrontar penurias económicas fuertes. Tras el retorno de la democracia, un nuevo destino: Israel. La alegría por ir a Tierra Santa se mezclaba con el temor de la guerra con Irak. Permanecieron allí durante todo el conflicto. Intentando vivir lo que San Josemaría había predicado: "Que seáis hermanos de todas las criaturas, sembradores de paz y alegría"

De Uruguay

El tren recorría los últimos kilómetros que separan Barcelona de Bilbao y el panorama que se divisaba por la ventanilla era, para esta familia montevideana, del todo nuevo. Pasaríamos siete años en tierras vascas.

Mi familia era muy joven. Mi marido, tenía 36 años. Yo 29 y cinco niños, todos seguiditos: la mayor tenía siete, y dos el menor. Bebe -el apelativo eterno de mi esposo- había sido nombrado Cónsul del Uruguay en Bilbao y recién llegados surgió la preocupación de buscar un buen colegio para los varones. Intentamos sin éxito inscribirlos en algunos pero todos quedaban en el centro de la ciudad y nosotros vivíamos en las afueras. Bastante desilusionados por los inconvenientes que surgían, un buen día, preguntando aquí y allí, nos dirigimos a Gaztelueta, que estaba cerca de casa. Era una obra corporativa del "Opus Dei", un nombre hasta entonces desconocido para nosotros y que nos llamó la atención. Más aún nos sorprendió que el director de un colegio donde se enseñaba doctrina cristiana no fuese un sacerdote sino un laico: no entraba en los esquemas acostumbrados. En cambio, nos entusiasmó enseguida el programa de estudios y el modo en que se impartía la enseñanza de la religión, que tanto ambicionábamos para nuestros hijos. La verdad es que en el momento de inscribirlos, no preguntamos más cosas. Y así comenzó la educación y la formación de mis hijos varones, que los marcaría para toda la vida. Todos, cada uno a su modo, nos fuimos beneficiando de las enseñanzas de Mons. Escrivá de Balaguer, que poco a poco se iba metiendo y grabando en nuestras almas.

A través de la formación que recibían en el colegio, se fue forjando en los chicos un carácter íntegro que se traslucía en mil pequeños detalles de la vida diaria.

Hablábamos con frecuencia con sus profesores, que pronto se hicieron nuestros amigos en aquella ciudad tan nueva para nosotros. Y nos enteramos de a poco de lo que era el Opus Del: Obra de Dios. Sin embargo sentíamos una plena sintonía entre las metas que se proponía a los chicos en el colegio y lo que a nosotros, sus padres, nos gustaba. Así fue cómo la Obra se fue metiendo en nuestras vidas, sin darnos cuenta, en silencio.

Al mismo tiempo la familia iba creciendo. En Bilbao nacieron tres más. Ana, una de ellas, muere el 25 de marzo, fiesta de la Anunciación de la Virgen ¡Cómo no recordar la tristeza de nuestros hijos cuando al volver del hospital, llegué a casa con los brazos vacíos!... Después de siete años volvemos a Uruguay. Dos años en Montevideo, donde nace nuestro octavo hijo y los más grandes mantienen su contacto con los clubes juveniles que la Obra tiene en Montevideo.

Así fue cómo la Obra se fue metiendo en nuestras vidas, sin darnos cuenta, en silencio

Luego nos vamos a París, donde Bebe es nombrado Ministro y Delegado permanente de Uruguay ante UNESCO. Durante esos años conocimos a nuevos amigos del Opus Del y mis hijos, en varias oportunidades, viajaron a Roma y conocieron personalmente a Mons. Josemaría Escrivá. Uno de mis hijos sintió la llamada para hacerse del Opus Dei y pidió la admisión. Corre el tiempo. En Uruguay se viven momentos difíciles y la democracia se tambalea. Se instaura un gobierno "de facto" y mi marido renuncia al cargo, debido a su coherencia con sus ideales y principios. Reúne a los hijos mayores, les cuenta una vez más lo que pasa en el país, lo que siente y ve como su deber, y los invita a vivir lo que llamó "una aventura espiritual".

Así comenzó una etapa muy difícil y dura de la vida familiar que duró 11 años: pasamos muchas privaciones y angustias económicas, separaciones y todo tipo de pruebas. Por una u otra razón, en el campo laboral todo salía mal.

Al pasar el tiempo también Bebe y yo pedimos la admisión en el Opus Dei, así como varios de nuestros hijos, nueras, yernos y nietos. Ahora mi familia tiene, además de los ocho hijos, 30 nietos y puedo ver cómo tantas enseñanzas de Josemaría Escrivá, se fueron metiendo en nuestras almas ayudándonos a tener un corazón más enamorado.

Pasan los años y el país recupera la democracia en 1985. En 1988, Bebe es restituido a su cargo en el Ministerio de Relaciones Exteriores, y en 1990 es nombrado Embajador ante el Estado de Israel, nombramiento acogido con entusiasmo pues significaba, al fin, trabajar en su profesión. Destino difícil, un mundo complejo, tremendo. Lo que a él le atraía a mí me rechazaba.

¡Tan lejos de mis hijos!, el idioma, los conflictos... Sin embargo, había en aquel destino algo que atraía como imán: ¡Tierra Santa, la Tierra de Jesús! los aspectos negativos no me permitieron de inmediato valorar el privilegio no sólo de ir a Tierra Santa, con lo que esto significa para un cristiano, sino de contarnos entre los primeros de la Obra que llegábamos allí y teníamos todo para hacer. En Jerusalén vivían sólo dos sacerdotes del Opus Dei.

Aníbal y Laura en Tierra Santa

Año sombrío aquel de 1990 en el que la invasión de Kuwait por fuerzas iraquíes cerniera sobre Israel la amenaza de guerra. Casi diría que desembarcamos en el aeropuerto Ben Gurión con el corazón encogido, la ilusión y la euforia muertas casi al nacer, por aquella situación que marcaba como un límite a nuestros planes de futuro, embretados por aquella sensación de incertidumbre que se hizo cada día más palpable.

Radio y TV informaban de continuo sobre el movimiento de tropas, movilización del ejército, etc., que culminó con el reparto de máscaras anti-gas y la obligación de preparar en cada casa un refugio sellado al exterior, con provisiones y elementos adecuados a un bombardeo que ya en enero de 1991 era inminente.

Desde el primer momento amamos al pueblo judío que vivía un trance difícil. Por cristianos y por ser miembros del Opus Dei, habíamos aprendido a querer a todas las personas y el amor al pueblo judío caló hondo en nosotros. Decía San Josemaría que los amores más grandes de su vida eran dos judíos: Jesucristo y su Madre, la Virgen María. Nuestro destino se encontraba ahora ligado misteriosamente a ese pueblo.

Habíamos adecuado la habitación del refugio lo más agradable que pudimos. Llegó la fatídica noche del 16 de enero de 1991. Eran la una de la madrugada cuando la sirena -comienzo de la invasión- sonó en nuestros oídos con estruendo infernal; la casa temblaba de arriba abajo. Mientras tanto, tratando de guardar la calma, subíamos al refugio para ponernos las máscaras y esperar. Aunque el susto era grande estábamos de buen humor (imposible perderlo al lado de Bebe). Rezamos y nos pusimos en las manos de Dios.

No era posible comunicarse con el exterior; repetidas veces se cortaron las líneas, la radio transmitía en hebreo lacónicas noticias. Fueron siete las interminables horas de encierro de esa primera noche de guerra: habían caído cinco bombas en el mar, a quinientos metros de nuestra casa. Nos esperaban cuarenta noches más y decenas de bombas.

Los expertos en temas bélicos comentaban que esta guerra era distinta a todas pues no existía un "frente" definido, el frente lo constituíamos todos los que vivíamos en Israel, posibles blancos de esas bombas anunciadas.

Mi marido decidió heroicamente permanecer en Israel durante los peores días de la guerra del Golfo, y fue uno de los pocos embajadores que obró así, mereciendo por ello el reconocimiento y la admiración de sus colegas, de las autoridades de Israel y de muchos judíos uruguayos que corrieron su misma suerte.

En el transcurso de los días tuvimos mucho para hacer. Consolar a bastante gente, escuchar a otros, animar a todos. Cómo nos sirvieron aquellas palabras de San Josemaría: "Que sembréis la paz y la alegría por todos lados; que no digáis ninguna palabra molesta para nadie; que sepáis ir del brazo de los que no piensan como vosotros. Que no os maltratéis jamás; que seáis hermanos de todas las criaturas, sembradores de paz y alegría..." (Buenos Aires, 16-VI-1974, Teatro San Martín)

  • Laura Gallinal de Díaz Mondino, Ama de casa // Libro "San Josemaría y los uruguayos", año 2002